Hay carreteras que unen ciudades. Otras, que conectan oportunidades. Y luego está la vía Bogotá–Girardot, que no solo recorta distancias entre el centro y el sur del país, sino que empieza a convertirse en una arteria vital para el renacer turístico de una región que durante años esperó su turno: el Sumapaz y el Alto Magdalena.
Con la modernización de este corredor —uno de los más importantes de Colombia— ahora completa, el asfalto no solo lleva vehículos: también impulsa sueños, emprendimientos y rutas por descubrir. La transformación física de la carretera, liderada por la Concesión Vía Sumapaz, ha dado paso a una etapa que va mucho más allá de la infraestructura. Hoy, el foco está en el desarrollo humano y económico.
En una alianza inédita con ANATO Capítulo Central y COTELCO Capítulo Bogotá–Cundinamarca, Vía Sumapaz lanzó un programa de formación para más de 50 emprendimientos turísticos de 13 municipios. No se trata solo de capacitaciones, sino de un proceso profundo de fortalecimiento del sector local: formalidad, finanzas, marketing, tecnología y sostenibilidad son los pilares de una estrategia que busca profesionalizar al turismo y posicionar la región como un destino competitivo.
“Una carretera sin comunidad es solo concreto. Pero cuando el desarrollo se piensa con la gente, se convierte en una vía para el futuro”, dice Ángela, una joven emprendedora de turismo rural en Melgar, quien ya hace parte del plan de formación. Su finca pasó de ser un espacio familiar a una experiencia auténtica para los viajeros: senderismo, gastronomía local y relatos del río Sumapaz incluidos.
Lo que está ocurriendo en esta zona es un ejemplo de cómo el turismo, bien gestionado, puede ser una herramienta poderosa para el desarrollo. A través de encuentros presenciales y virtuales, los emprendedores están accediendo a herramientas clave para mejorar la experiencia de los visitantes y fortalecer sus negocios. Y lo están haciendo con una mirada sostenible, de largo plazo.
Para Laurent Cravois, gerente general de Vía Sumapaz, el mensaje es claro: “Conectar territorios es mucho más que construir una carretera: es abrir oportunidades”. Y esa visión es la que inspira esta nueva fase del proyecto, en la que el turismo ya no es un efecto colateral, sino parte central del modelo de gestión territorial.
El potencial está ahí, esperando ser aprovechado: historia colonial, paisajes imponentes, sabores autóctonos, saberes campesinos, biodiversidad. Todo esto, a unas pocas horas de Bogotá. Pero lo más valioso quizás no sea el entorno natural, sino el capital humano que empieza a organizarse, formarse y soñar con una región más visible, más fuerte, más justa.
Desde hoteles familiares hasta agencias de viaje locales, desde posadas rurales hasta experiencias culturales, esta apuesta por el turismo como motor de cambio ya está generando impacto tangible. Los municipios que atraviesa esta vía —entre ellos Silvania, Fusagasugá, Ricaurte, Girardot y Tocaima— ahora se proyectan como nodos turísticos capaces de atraer viajeros nacionales e internacionales.
“La alianza con Vía Sumapaz es un ejemplo del compromiso del sector privado con el turismo regional”, destaca María Patricia Guzmán Zárate, directora ejecutiva de COTELCO Capítulo Bogotá–Cundinamarca. Y no exagera: pocas veces una concesión vial ha asumido un rol tan activo en el fortalecimiento social y económico de los territorios que recorre.
Lo que está en juego no es solo un corredor vial más eficiente. Es la posibilidad de que cientos de familias encuentren en el turismo una fuente de ingresos digna, de que los jóvenes se queden en sus territorios porque hay futuro, y de que Colombia avance hacia un modelo donde el desarrollo no pase por encima, sino que camine con la gente.
El turismo en Sumapaz y Alto Magdalena ya no es solo una promesa. Gracias a la vía Bogotá–Girardot, comienza a ser una realidad en movimiento.




