En Colombia, más de dos millones de niños y niñas atraviesan una etapa clave de su vida sin que muchos adultos lo noten. Son los primeros seis años, un periodo silencioso, pero determinante. En ese breve lapso, sus cerebros alcanzan hasta el 90 % de su tamaño adulto y forman millones de conexiones neuronales por segundo. Lo que ocurra —o deje de ocurrir— en ese tiempo deja una huella que puede durar toda la vida.
“Es durante esta etapa que se activan las llamadas ventanas sensibles para el desarrollo de habilidades fundamentales como el lenguaje, la empatía o la autorregulación emocional. Si no se estimulan a tiempo, esas funciones pueden no formarse de manera óptima”, explica Karen Tatiana Pionce Gómez, directora del programa de Licenciatura en Educación Infantil de Areandina, sede Valledupar.
Y no se trata solo de un asunto biológico. La manera en que los niños y las niñas se relacionan con los adultos, los espacios que habitan y las experiencias que viven también modelan su bienestar emocional y su trayectoria escolar. Por eso, además del cuidado básico que brindan madres y padres, así como otros cuidadores, esta etapa requiere una intervención educativa intencionada, sensible y profesional.
El rol del docente infantil: más que enseñar, debe acompañar el desarrollo integral
Ahí entra en escena el licenciado en educación infantil, quien diseña ambientes seguros, propone experiencias pedagógicas pertinentes y, sobre todo, construye vínculos afectivos que favorecen la confianza y el aprendizaje.
Pero su papel no se limita al aula. También observa, interpreta y actúa. Cada gesto, cada silencio, cada juego del niño o la niña puede revelar fortalezas o alertar sobre dificultades. Y ahí, el acompañamiento profesional marca la diferencia. “Un profesor bien preparado puede detectar a tiempo un retraso en el lenguaje, una barrera emocional o una dificultad social. Si se interviene de forma oportuna, se pueden evitar problemas mayores en etapas posteriores”, advierte Pionce.
Para hacerlo bien, el educador infantil necesita una formación sólida y diversas competencias. La primera, es la capacidad de observación y evaluación: una mirada atenta para entender el ritmo y las necesidades de cada niño. A eso se suman habilidades como la comunicación asertiva, que facilita el diálogo con familias y colegas; la creatividad, que permite diseñar actividades lúdicas y estimulantes; y la empatía, que es esencial para conectar emocionalmente con los menores. El trabajo en equipo, por último, completa el perfil: educar en esta etapa no es tarea de uno solo.
Ahora bien, la escuela o el colegio no puede —ni debe— hacerlo sola. La participación de madres, padres y cuidadores es igual de importante. Su rol no se limita al hogar, también se extiende a la interacción con los educadores y al acompañamiento del proceso escolar.
“La coherencia entre lo que pasa en casa y en el aula es clave. Cuando las familias se involucran activamente, el impacto en el desarrollo del niño y la niña se potencia. Las rutinas, los juegos compartidos, la lectura diaria, la comunicación con los docentes: todo suma”, señala la docente de Areandina.
Esta alianza entre familia y escuela, aunque parezca sencilla, tiene implicaciones profundas. Un entorno afectivo y predecible, donde el chico se siente seguro y valorado, fortalece la autoestima, promueve la autonomía y reduce la aparición de comportamientos problemáticos. Además, consolida habilidades sociales que serán fundamentales para toda la vida.
Actualmente los estudios académicos coinciden en una conclusión: cuanto más sólida es la intervención educativa durante los primeros años, menor es la probabilidad de fracaso escolar, abandono o exclusión en el futuro.
“Invertir en la primera infancia no es un gasto, es una estrategia social. Es anticiparse a los problemas, reducir brechas y construir desde el inicio una ciudadanía más equitativa y preparada”, concluye Pionce.
Reconocer el valor de esta etapa, fortalecer la formación de quienes la acompañan y promover una participación activa de las familias es hoy una urgencia. Porque lo que se siembra en los primeros años no se borra: se queda, crece y define el futuro.




