En La vida infausta del negro Apolinar, el escritor y analista político León Valencia nos invita a recorrer, con una ternura punzante y una profunda carga humana, un camino de recuerdos compartidos entre dos viejos amigos que alguna vez fueron inseparables. Desde la distancia y a través de cartas, Apolinar Mosquera y su compañero de antaño vuelven sobre los pasos del pasado, tratando de desenredar la maraña de vivencias que los marcaron para siempre: los amores perdidos, las amistades rotas, las luchas sociales y, sobre todo, el dolor.
Esta novela, publicada por Editorial Planeta, es mucho más que una historia epistolar. Es un viaje desde Buenaventura hasta la médula de la memoria. Un recorrido íntimo por las emociones que moldean una vida: la alegría fugaz, la tristeza duradera, el amor incondicional y el peso inevitable de las pérdidas. Apolinar, sabiendo que el tiempo se agota, decide narrar su historia, y lo hace con una urgencia serena, como quien sabe que al contar también se libera.
Valencia, con una voz pausada y cálida, reconstruye esa vida que se desliza entre los recuerdos del puerto y los campos cañeros del Valle, entre las cicatrices de la lucha obrera y los susurros del amor juvenil. La narración avanza a dos voces, como si los recuerdos fueran compartidos y al mismo tiempo ajenos. Las palabras, como el ron que acompaña muchas de sus noches de confidencias, fluyen con la cadencia de quien ha amado, sufrido y sobrevivido lo suficiente como para mirar atrás sin rabia, aunque con una nostalgia insoslayable.
Uno de los fragmentos más conmovedores del libro recuerda el momento en que Apolinar sostiene en brazos a su hija recién nacida, una niña blanca de ojos claros, y no logra reconocerla como suya. El desconcierto, el dolor y la duda lo atraviesan con una crudeza que refleja no solo una ruptura íntima, sino las tensiones históricas y raciales que habitan su mundo. Es una de tantas escenas en que la novela trasciende lo personal para hablar de un país entero: de sus fracturas, sus resistencias y sus silencios.
El amor, sin embargo, aparece como la única medicina verdadera. Apolinar y su amigo, separados por los años y los desacuerdos, intentan recomponer su vínculo mientras recuerdan a Sara, la mujer que amaron, y a Irina, la hija que fue esperanza y también herida. En esas cartas, cargadas de emoción contenida, se percibe la necesidad de cerrar ciclos, de reconciliarse con el pasado y con uno mismo antes de que llegue el final.
La vida infausta del negro Apolinar también se adentra en los conflictos sociales y laborales de Colombia, en las luchas de los sindicatos, los ingenios azucareros, y las historias de jóvenes líderes que entregaron la vida por un país más justo. Allí está Genaro, líder querido y comprometido, símbolo de una generación que creyó que cambiar el mundo era posible. Y está también la reflexión sobre la muerte elegida, sobre el derecho a decir adiós con dignidad, tema que León Valencia aborda con delicadeza, alejado del juicio y cercano a la compasión.
Valencia, quien ha sido testigo y protagonista de los vaivenes políticos del país, se muestra aquí como un narrador profundamente humano. Su experiencia como analista y periodista nutre la novela de un contexto real, pero es su sensibilidad como escritor la que convierte esta obra en un canto melancólico a la memoria, a la amistad y a la vida que se escapa entre los dedos.
La vida infausta del negro Apolinar no es solo la historia de un hombre que quiere contar su verdad antes de partir; es también un espejo en el que muchos podrán verse reflejados. Una novela que duele, pero que también abraza. Un testimonio íntimo que confirma que, en medio del caos y la pérdida, aún hay palabras capaces de sanar.




