La oportunidad para Colombia era evidente: modernizar un sistema de pagos donde las empresas invertir demasiado tiempo esperando confirmaciones. En sectores donde la liquidez define el ritmo, una transferencia que llega tarde es algo más que un inconveniente: es un riesgo operativo.
El obstáculo estaba en la infraestructura técnica. ACH, con su estructura por ciclos, no permitía acreditaciones constantes. Una operación hecha justo después de la hora de corte podría tardar casi 48 horas en verse reflejada. Ese retraso parecía normalizado, pero para un negocio que paga nómina o recibe anticipos, era un dolor de cabeza frecuente.
La experiencia del usuario tampoco ayudaba. Muchas transferencias quedaban “pendientes”, sin trazabilidad clara. Verificar datos, llamar al banco, esperar una respuesta: era una rutina que consumía energía y tiempo en áreas administrativas que necesitaban precisión, no incertidumbre.
La decisión de transición hacia Bre-B cambió ese paradigma. Con un estándar universal de interoperabilidad y pagos inmediatos, las empresas comenzaron a experimentar lo que significa operar sin horarios límite. Ya no importaba si la operación ocurría a las 7 p.m. o un domingo: el sistema daba respuesta en segundos.
Ahí SUMIA encontró terreno fértil. Su tecnología tomó la robustez de Bre-B y la convirtió en algo utilizable y práctico para el día a día empresarial. Validación previa de beneficiarios, monitoreo en tiempo real y alertas ante errores fortalecieron el control operativo y redujeron los reprocesos.
El resultado ha sido contundente: menos fricciones, menos soporte técnico, menos incertidumbre. Cada segundo ahorrado en un pago se convierte en una oportunidad para agilizar decisiones, anticipar compras o cerrar acuerdos sin esperar al siguiente día hábil. Lo que antes era un proceso lento ahora es una ventaja competitiva.





