Aria convirtió el cielo de Bogotá en un escenario inolvidable de danza y emoción

La noche bogotana ya no es la misma después de lo que se vivió en la Plaza Cultural La Santamaría. Durante dos jornadas que quedarán en la memoria de la ciudad, el cielo gris —tan propio de Bogotá— se convirtió en escenario y cómplice de un espectáculo que desafió la gravedad, la rutina y hasta la manera de sentir el arte en el espacio público.

‘Aria’, de la compañía española Zenit Aerial Ballet, no fue simplemente una función: fue una experiencia colectiva que suspendió el tiempo. A treinta metros de altura, ocho bailarinas flotaron sobre el público sostenidas por una imponente grúa, dibujando en el aire coreografías que parecían imposibles. Sus movimientos, sincronizados con la majestuosidad de Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi, transformaron el cielo en un lienzo vivo donde cada giro y cada pausa evocaban la delicadeza de la danza clásica y la audacia del riesgo.

Ocho bailarinas protagonizan la obra de ballet aéreo. Foto : Juan Diego Gastillo

Pero lo verdaderamente extraordinario no estuvo solo en el aire. Abajo, miles de espectadores, reunidos en una plaza completamente llena, se convirtieron en parte esencial del espectáculo. En un gesto espontáneo y profundamente emotivo, el público encendió las linternas de sus celulares, creando un mar de luces que acompañó a las bailarinas como si el firmamento hubiera descendido para abrazar la escena. Fue un momento de comunión pocas veces visto: arte y audiencia latiendo al mismo ritmo.

Así se vivió la segunda jornada del FIAV Bogotá, que no solo apostó por lo espectacular, sino también por la memoria y la tradición. Mientras el aire se llenaba de movimiento en La Santamaría, en el corazón histórico de la ciudad se rendía un homenaje sentido a uno de los pilares del teatro colombiano: el Teatro La Candelaria.

En su emblemática sede, una casa colonial cargada de historia, la obra ‘Soma Mnemosine’ convocó al público a una experiencia íntima y reflexiva. Dirigida por Patricia Ariza, la pieza exploró el cuerpo como territorio de la memoria, entrelazando presente y pasado. Uno de los momentos más conmovedores llegó con la aparición en video de Santiago García, fundador del grupo, cuya voz resonó como un eco vivo de la historia teatral del país: “Yo soy el guardián del universo, pero se me perdió la llavecita”. Una frase que, más que nostalgia, dejó una sensación de continuidad, de legado que sigue respirando en cada escena.

El festival también abrió espacio para las nuevas voces, reafirmando su vocación de puente entre generaciones. Conversatorios como “Jóvenes creadores del teatro colombiano” demostraron que el futuro de las artes vivas en el país se construye desde la diversidad de territorios, lenguajes y miradas.

Con más de cien obras desplegadas en salas, parques y plazas, el FIAV Bogotá confirmó que el arte puede transformar la ciudad en un escenario abierto, donde lo cotidiano se vuelve extraordinario.

Y aunque las últimas funciones de ‘Aria’ ya quedaron atrás, lo que permanece es la sensación de haber sido testigos de algo irrepetible: un espectáculo que no solo elevó cuerpos en el aire, sino también emociones, recuerdos y la certeza de que, incluso en medio del concreto y el ruido urbano, todavía hay espacio para lo sublime.

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