En Colombia estamos presenciando un espectáculo político que, más que una contienda democrática, parece una cacería salvaje. Como en una escena de selva densa y oscura, un grupo de depredadores rodea la presa: la presidencia de la República. La diferencia es que aquí no hay estrategia colectiva ni sentido de propósito, solo un hambre desmedida por el poder.
Bajo la premisa de “salvar al país”, lo que estamos viendo es una lucha entre figuras que no presentan planes de gobierno sólidos, sino un desfile de egos, acusaciones cruzadas y protagonismos vacíos. Parecen más interesados en destruir al oponente que en construir un futuro.
Los mismos rostros, las mismas fórmulas
Los nombres que empiezan a sonar no son nuevos. Algunos ya han gobernado, otros han estado detrás del poder, y varios han sido figuras polémicas en los medios. Carolina Corcho, Iván Cepeda, María Fernanda Cabal, Claudia López, Clara López, Abelardo de la Espriella, Miguel Uribe (padre), Daniel Quintero, entre otros, empiezan a moverse en la arena pública, lanzando dardos, ensayando discursos, coqueteando con las emociones del electorado.
Pero, ¿dónde están las propuestas? ¿Dónde están las ideas frescas? ¿Dónde está el país que nos prometen?
Vemos lo mismo de siempre: discursos extremos, promesas grandilocuentes sin sustento, enemigos imaginarios y una obsesión por «tumbar» al otro. Hoy, el mayor mérito político parece ser descubrirle los trapos sucios al adversario. El que más escándalos revela, más «honesto» aparenta ser. Es una especie de reality político donde lo importante no es convencer con soluciones, sino entretener con confrontaciones.
La política del megáfono
El uso del escándalo como estrategia no es nuevo, pero se ha sofisticado. Hoy todo se amplifica. Algunos candidatos y personajes como Vicky Dávila se lanzan a las calles con megáfono en mano, replicando el estilo de Petro en su visita a EE. UU., creyendo que el ruido sustituye el contenido. Otros, como Miguel Uribe (padre), recogen banderas heredadas sin tener un proyecto propio, limitándose a ser una prolongación emocional de un apellido. ¿Qué proponen más allá de oponerse al gobierno actual?
El fenómeno se repite a izquierda y derecha. Iván Cepeda y Carolina Corcho intentan posicionarse como herederos de un progresismo que se ha desgastado en discursos más que en logros tangibles. Daniel Quintero se reinventa cada día, pero sigue jugando a la ambigüedad, sin definir claramente qué representa. Mientras tanto, figuras como Abelardo de la Espriella o María Fernanda Cabal construyen su imagen desde la confrontación directa y el mensaje incendiario.
Una democracia agotada de extremos
Los ciudadanos —y me incluyo— estamos cansados. No de la política en sí, sino del show en que la han convertido. Queremos ideas, liderazgo real, capacidad de ejecución. Queremos que nos hablen de salud, educación, seguridad, empleo digno, transformación energética, inversión social, y no de enemigos imaginarios o peleas de micrófono.
Pero para eso, el país necesita una política menos emocional y más racional, menos ruido y más contenido. Necesita candidatos que inspiren, no que dividan. Que hablen con la verdad, incluso cuando duela. Que no prometan el cielo en campaña para luego excusarse con el infierno en el poder.
¿Quién lidera desde el centro?
Desde el centro político, la orfandad es evidente. No hay figuras fuertes que articulen una propuesta sensata, equilibrada, que escape de los extremos y piense el país desde la complejidad. Lo que hay es una vacante abierta para la sensatez. Pero esa vacante parece ser la menos apetecida en una contienda dominada por los gritos, los egos y la inmediatez.
Colombia necesita estadistas, no influencers políticos. Personas con visión de largo plazo, que no teman dialogar con el otro lado, que comprendan que gobernar es más que ganar una elección.
La cacería continúa…
Hoy, lo que tenemos es una manada de caníbales políticos que, en lugar de ofrecer alimento a una nación hambrienta de esperanza, se devoran entre sí en nombre de un país que dicen querer salvar. Lo trágico es que, en medio de esta caza, el verdadero botín no es la presidencia: es la gente. Es el futuro que todos terminamos pagando cuando gobiernan sin ideas claras ni sentido común.
La pregunta no es quién va a ganar, sino si habrá alguien capaz de proponer sin destruir. De construir sin dividir. De liderar sin gritar.
Porque mientras ellos se pelean por la presa, nosotros seguimos siendo la selva.
Por: Carlos Amaya




