Adolescentes en conflicto con la ley: más allá del delito

Entornos que posibiliten un sentido de vida, procesos restaurativos y pedagógicos, y una sociedad sin prejuiciosos, claves para evitar el delito y la repetición.

Bogotá. 1 de agosto de 2025. “Nunca contemplamos estar en la universidad. Eso es para personas millonarias. Y si es en la universidad pública, pues es para los que son muy inteligentes. A nosotros nos dicen que solo debemos pensar en trabajar, no en ser felices con lo que hacemos”.

María Fernanda resumió con estas palabras los contextos de los que provienen los menores de edad que son vinculados al Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescentes (SRPA) por la comisión de un delito. En 2024 se registraron 6.265 ingresos de adolescentes al SRPA. La mayoría hombres (87 %), con edades entre los 14 y 17 años, según datos del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). Hurto (1.482 casos) es el delito por el que más son vinculados. Le siguen tráfico de estupefacientes (758 casos), violencia intrafamiliar (562 casos), fabricación y tráfico de armas de fuego o municiones (471 casos), lesiones personales (419 casos) y acceso carnal abusivo con menor de 14 años (317 casos).

Según la última encuesta de caracterización realizada del ICBF (2019), 58,2 % tenía familia nuclear monoparental (86,3 % de ese porcentaje era con jefatura femenina) y 51,1 % tenía o había tenido algún miembro de su familia privado de la libertad. Además, 89,3 % había consumido sustancias sicoactivas en el último año y 56,6 % había cometió el delito bajo los efectos de las drogas y alcohol.

Durante el conversatorio ‘Más allá del delito: historias, derechos, futuro’, convocado por la coalición NiñezYA, María Fernanda, Johan, Carlos y Dairon mostraron que sus familias y contornos corresponden con las cifras del ICBF.  En sus barrios predominan hogares donde la madre es la única que provee los ingresos, para lo cual se ve obligada a salir muy temprano a trabajar todos los días y a dejar a sus hijos a cargo del más grande. Por eso, niñas y niños prefieren las calles y las pandillas como refugios. Allí crean sus vínculos con quienes tienen su misma suerte, pero también con los “chachos” que los retan a consumir y cometer delitos. “Vengo de una cadena de droga, violencia y delincuencia”, dijo Carlos. “En mi caso mis primos consumen y están privados de la libertad, yo analizo con ellos esas situaciones. Parece que fuera el sicólogo”, señaló Johan. “El que se cree el más chacho torea a la Policía y los menores de edad para ganarse su respeto le copian”, explicó Dairon.

Sin un proyecto de vida

Adolescentes fuera del sistema escolar o en extraedad en el colegio y con carencias afectivas y baja autoestima son otros factores del contexto poco garante de derechos del que provienen. NiñezYA, junto con el Centro Imagina de la Universidad de los Andes, Fundación Mi Historia, Fundación Tiempo de Juego y YMCA Bogotá, organizaciones que hacen parte de la coalición, convocó este espacio pedagógico para reflexionar sobre esta situación, el proceso y el posegreso de estos adolescentes.

Quedó en evidencia que el proceso hace la diferencia para lograr la restauración efectiva y la no repetición, como lo señalaron los jóvenes que pasaron por el sistema. “Yo no tenía una buena relación con mi papá. No me decía ni feliz cumpleaños. No había confianza para hablar, pero con el proceso logré tener vínculos con él”, contó Johan. “En mi caso, conocí personas muy bonitas, que me ayudaron a conocer mis habilidades. A sentir que le importaba a alguien, pero también que, si no le importo a alguien, me importo yo y mi futuro”, relató María Fernanda. “En algún momento llegó el arrepentimiento. Pensé: ¿además de dañar a mi familia, por qué lastimar a otra que nunca me hizo nada? No conocía la justicia restaurativa, pero la estaba viviendo”, señaló Dairon, quien insiste en señalar que más que pensar en aumentar las sanciones se requiere que el proceso funcione, al igual que los programas de prevención del delito.

Precisamente, como lo señalaron los expertos de las organizaciones y los jóvenes, los retos del proceso son lograr que el adolescente asuma la responsabilidad de su conducta, repare el daño causado y evite la repetición del comportamiento. Conductas que se esperan puedan abrirle una segunda oportunidad con un proyecto de vida alejado de la delincuencia. Sin embargo, no siempre sucede esto porque los jóvenes encuentran barreras al llegar a sus mismos contextos sin un acompañamiento profesional. Además, son estigmatizados al igual que sus familias. Por ello llevan como un mantra la frase: “El entorno no me define.  Yo soy mi espacio seguro”.

“Cuando egreso, un reto difícil es poner en práctica todo lo que me enseñaron durante el proceso y más porque me fui a vivir solo y a otra ciudad”, relató Johan. “Yo tenía a la defensora en un pedestal, pero se me cayó cuando le dije que quería ser sicólogo y me contestó: ya no tiene problemas con la ley y se fue”, contó Carlos.

Los cuatro jóvenes que participaron en el conversatorio, como ellos mismos lo contaron, se habían resignado a cumplir sus sueños; pero fueron empoderados por los profesionales que les dieron herramientas para buscar los caminos para estudiar y trabajar. “Es triste que se deba pasar por esto para que un joven tenga oportunidades. Si las tuviera antes, ¿no sería prevenir?”, preguntó María Fernanda.

Como concluyó Gracy Pelacani, profesora de la Facultad de Derecho de Los Andes: “Más allá de superar los prejuicios sobre los adolescentes del SRPA, la sociedad tiene que conocer más y escuchar a quienes estuvieron en el sistema”.

Por qué debemos actuar YA  

En una caracterización realizada por el ICBF al SRPA, en 2019, encontró que:

    73 % de los adolescentes que hacía parte del sistema sufrió agresiones antes de su ingreso. El 38 % fueron agresiones físicas; 29 % verbales y 33 % ambas.

    12 de cada 100 adolescentes que estaban dentro del SRPA vivieron con algún familiar que consumía drogas ilícitas, había pertenecido a grupos armados y había tenido alguna sanción penal.

    51,1 % de los adolescentes y jóvenes que hacían parte del SRPA tenían o habían tenido algún miembro de su familia privado de la libertad. Lo que revela ciclos intergeneracionales de exclusión, desarraigo y repetición de trayectorias marcadas por la violencia y la marginalidad.

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