Hay viajes que comienzan mucho antes de llegar al destino.
El mío hacia Hacienda El Novillero comenzó en Bogotá, mientras la carretera se alejaba poco a poco de la ciudad y el paisaje empezaba a cambiar. El movimiento urbano quedó atrás y aparecieron las montañas, el verde y ese aire particular de los caminos que conducen hacia el Sumapaz.
No sabía todavía que, unas horas después, iba a dormir dentro de una historia que lleva varios siglos.
Al entrar a El Novillero, lo primero que sentí fue silencio. Un silencio distinto al de la ciudad, interrumpido apenas por los sonidos propios de una propiedad rural. La casona, los jardines, los corredores y los espacios abiertos parecían invitar a caminar despacio.
Pero había algo más.
Una sensación difícil de explicar que aparece cuando uno descubre que el lugar que está pisando existía mucho antes de que nosotros llegáramos a él.
Eso es Hacienda El Novillero.
Un hotel, sí. Pero antes que eso, una hacienda.
Y antes todavía, una parte de la historia del Sumapaz.

Una historia que no comenzó con el hotel
Mientras recorría la propiedad empecé a reconstruir mentalmente ese pasado.
A comienzos del siglo XVII aparecen referencias a Francisco Gómez de la Cruz y a estancias de ganado mayor relacionadas con él y con su hijo homónimo. Son algunas de las primeras huellas conocidas de la presencia colonial en este territorio.
Casi dos siglos después, Juan Jerónimo Liévano reunió diferentes extensiones de tierra hasta consolidar la enorme Hacienda El Chocho. Aquel territorio llegó a abarcar aproximadamente 23.850 fanegadas y funcionaba como un complejo de estancias, casas, caminos y centros productivos.
El Novillero estaba allí, dentro de ese enorme universo rural, construyendo poco a poco su propia identidad.
Quizá por eso caminar hoy por la hacienda produce una sensación curiosa. Todo parece tranquilo, pero basta conocer algunos episodios de su historia para que la tranquilidad adquiera otra dimensión.
Las antiguas reseñas de Fusagasugá relacionan estas tierras con la construcción de la villa y con personajes de la Independencia. Antonio Nariño, sus hermanas, Camilo Torres y el general París aparecen vinculados a la memoria del lugar.
Después llegó la guerra.
Y esta vez no fue una historia lejana.
El 9 de febrero de 1876, el general Francisco Asís Mogollón ocupó la casona con cerca de 300 hombres. Los rebeldes, comandados por Juan Ardila y Lucio C. Moreno, sitiaron la posición.
Las cercas de piedra que hoy uno puede mirar con la curiosidad de quien visita una antigua hacienda fueron entonces parte de una posición militar.
Fue la Batalla de El Novillero.
Pensé en ello mientras caminaba.
Es extraño descubrir que un espacio que hoy recibe huéspedes, familias y celebraciones alguna vez fue escenario de un enfrentamiento armado. La historia no cambia el lugar físicamente. Cambia la manera de mirarlo.

El café, la tierra y la vida de la hacienda
La historia de El Novillero también se escribió con las manos de quienes trabajaron la tierra.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la hacienda hizo parte del sistema económico de El Chocho. Café, ganadería, agricultura y explotación maderera formaban parte de la actividad productiva.
Cientos de familias vivían y trabajaban allí.
Hasta existía una moneda interna: el medio real, utilizada para las transacciones y en el comisariato de la hacienda.
Era casi un mundo dentro del mundo.
Pero ese modelo también generó conflictos. Los arrendatarios comenzaron a reclamar mejores condiciones de trabajo y mayor libertad para comercializar sus cosechas. La discusión fue creciendo hasta convertirse en una disputa alrededor de la tierra.
En la década de 1930, los movimientos campesinos terminaron transformando el territorio. Las antiguas tierras de El Chocho se fragmentaron en más de mil parcelas y el paisaje social del Sumapaz cambió.
El Novillero, sin embargo, permaneció.
En 1969, Enrique Acuña adquirió la hacienda a la familia Caballero y comenzó otra etapa de su historia.
Me gusta pensar que las propiedades antiguas tienen una particularidad que los hoteles construidos desde cero difícilmente pueden reproducir: no necesitan inventarse una identidad.
La tienen.
Dormir dentro de una historia
Durante mi estadía entendí que esa memoria no está puesta allí como decoración.
Está en los espacios.
En mi habitación encontré un piso de madera cuidadosamente conservado durante décadas. Desde el balcón podía contemplar las montañas. Había amplitud, tranquilidad y una sensación muy particular: la de estar hospedado en una verdadera hacienda rural y no simplemente en un hotel ubicado en el campo.

Algunas habitaciones reciben incluso a parejas que llegan para celebrar allí sus matrimonios.
Y entonces El Novillero adquiere otra dimensión.
La misma propiedad que guarda historias de guerras civiles y de antiguos sistemas productivos ahora recibe celebraciones, familias y viajeros que buscan unos días de descanso.
El pasado y el presente conviven sin necesidad de explicarse demasiado.
La piscina, la cancha de tenis, las zonas deportivas, los jardines y los espacios de descanso forman parte de la experiencia. También están el yoga y Agua Spa.
Pero lo que más me llamó la atención fue que muchas de estas actividades no parecen competir con la identidad de la hacienda.
La acompañan.
Una tarde de pintura, una caminata, la preparación de una pizza o una cata de vinos adquieren otro significado cuando suceden en un lugar que lleva siglos viendo pasar personas.
No son simplemente actividades para llenar el tiempo.
Son maneras de quedarse un poco más en el lugar.
El sabor de la tierra

También encontré esa conexión con el territorio en la mesa.
Durante mi estadía disfruté frutas provenientes de las propias cosechas. Puede parecer un detalle menor, pero en una hacienda como El Novillero tiene otro significado.
La tierra que durante generaciones estuvo ligada a la producción continúa teniendo un papel dentro de la experiencia del visitante.
Quizá ahí está una de las formas más interesantes de entender el turismo de hoy: no separar completamente al viajero del lugar que visita.
Aquí se puede dormir, comer, descansar, celebrar, caminar y contemplar las montañas, pero también percibir que detrás de todo eso existe una propiedad que alguna vez tuvo otra función y que todavía conserva parte de aquella relación con el campo.
87 hectáreas y una nueva oportunidad
Hoy Hacienda El Novillero conserva 87 hectáreas, aproximadamente 35 de ellas forestales.
Cuando uno escucha la cifra puede imaginar simplemente una gran extensión de terreno. Pero después de caminarla entiende que allí conviven varias realidades: la actividad agropecuaria, los espacios naturales, la hotelería, la gastronomía, los eventos y el descanso.
Y eso tiene una importancia especial para el turismo del Sumapaz.
Porque Fusagasugá y sus alrededores pueden ofrecer al visitante mucho más que un paisaje para contemplar desde la carretera.
Hay patrimonio.
Hay naturaleza.
Hay gastronomía.
Hay historias.
Y hay lugares como El Novillero, capaces de convertir todo eso en una experiencia.
No se trata solamente de llegar, dormir y marcharse.
Se trata de permanecer el tiempo suficiente para descubrir dónde se está.

Un árbol, una tarde y una historia que continúa
Hubo un momento, durante mi recorrido, en que me quedé mirando uno de los grandes árboles que hacen parte de la memoria de la hacienda.
No sé cuántas generaciones lo habrán visto.
No sé cuántas historias habrá presenciado.
Pero estaba allí.
Quieto.
Como si todo lo demás hubiera cambiado a su alrededor.
Pensé entonces que quizá esa sea la verdadera dimensión del tiempo en El Novillero.
Las guerras pasaron. El café cambió. Las grandes extensiones de El Chocho se dividieron. Las familias que trabajaron estas tierras se fueron sucediendo. La propiedad cambió de manos.
Y, sin embargo, algo permaneció.
La tierra.
La casona.
Los árboles.
La memoria.
Ahora también están los huéspedes.
Cuando regresé a Bogotá, llevaba conmigo la sensación de haber hecho algo más que una escapada de dos días.
Había conocido un hotel, pero también había caminado por una parte de la historia de Fusagasugá y del Sumapaz.
Eso es lo que hace diferente a Hacienda El Novillero.
No intenta vivir únicamente de lo que fue.
Su apuesta está en seguir siendo.
En mantener una propiedad rural activa, conservar parte de su paisaje, recibir viajeros y permitir que una nueva generación conozca un lugar que ya existía mucho antes de que el turismo llegara hasta sus puertas.
Me quedo con una frase que resume perfectamente lo que encontré allí:
“El Novillero no es solamente una casa antigua: es una pequeña ventana a varios siglos de historia del Sumapaz.”
Después de haberla recorrido, entiendo que esa ventana sigue abierta.
Y por ella entra hoy el turismo.
Entran las familias.
Entran quienes celebran.
Entran quienes buscan descanso.
Entran quienes quieren comer, caminar, contemplar las montañas o simplemente detenerse unos días.
Y entra también algo que parecía destinado a quedarse en el pasado: la posibilidad de que una antigua hacienda siga contando su historia.
Solo que ahora lo hace de otra manera.
A través de quienes llegan.
A través de quienes se quedan.
A través de quienes, como yo, regresan a Bogotá con la sensación de haber dormido no solamente en una hacienda, sino dentro de una historia que todavía está viva.
Por: Sandra Quevedo




